domingo, febrero 15, 2009

Lila jacarandoso



Como hay cosas en que no prestamos verdadera atención; si hay algo que lamento ahora, es que jamás miré con atención a esos enormes y hermosos árboles que en toda mi infancia me acompañaron, los que conformaron mi pequeño universo.

Los ignoré tanto como para no saber su nombre, con el que fácilmente los hubiera convocado siempre que necesité un guiño de familiaridad o simpatía. Y es que vi tantas cosas, tantísimas... pero nunca esos árboles de primavera.

Será quizá como dice la hermosa canción de las Simples Cosas; "...uno vuelve siempre, a los viejos sitios...donde amó la vida, entonces parece como estan de ausentes las cosas queridas..."



Y es que no dejo de pensar en ellos, en aquellos vigorosos, tercos, impertinentes y dulces árboles; vigilantes siempre del juego de los niños. Que trepan ágiles por altos edificios y se dispersan en inquietos grupos por el suelo. Que crecen sobre la irracionalidad y el desatino, donde la sensibilidad parece desterrada.

Que se aman en las calles y a plena luz del día.

Y en el momento de la muerte, se abrazan.

Viendolos me pregunté... ¿Acaso alguna vez los señalaste? Pudo ser durante aquéllas tardes donde tus dedos aconsejaban a mi frente descansar. Pero si los mostraste no miré, nunca miré, lo siento.¡Si al menos hubiera visto! Si al menos me hubiera detenido, sólo en ese momento, en ese lecho. Más no fue así.

Y ahora que no estas los miro, estoy condenado, lo sé, a no partir, hasta no contemplar al último de aquéllos fuertes, entrometidos, persistentes, hermosos árboles a los que nunca di un solo momento.


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