
Estaba yo en el cine y entonces *croash crash crosh* (ruiditos de envoltura de comida) sin pensarlo volteé con quien estaba a mi lado y le dije "¿qué comes que no invitass?, a lo que atentamente me respondió sacándose un chicle de la boca y presionándolo en la palma de mi mano.
"Guacala de pollo", pensé, "pero eso me saco". ¿Por qué después de tantttttisisismos años de conocerlo espero recibir ante tal oportunidad una luneta o un pandita y no algo moquiento o baboso, como pasó, había pasado antes y seguro volverá a pasar?
Supongo que eso es como en la vida misma. No es muy difícil conocer a las personas, pero insistimos en ver en ellas sólo lo que queremos, nos obstinamos en esperar, siendo que bastaría un "apenas", un "no quiero" para empezar de otra manera el día. Pero ahí vamos a pedir y, nunca falla, recibimos justo lo que no queríamos, aunque sabíamos desde el primer momento que sería.
Como de lo malo, lo peor, el defecto de poner las esperanzas donde no servirán no sólo es hacia el otro, sino también hacia uno mismo.
El otro día, ante algo que nadie quería hacer, pero alguno tenía que, alguien me jugó en un piedra, papel o tijera la decisión. Yo gané. "No se vale. Yo siempre pierdo en esto", alegó. Entonces, ¿por qué, sabiéndolo, aceptó mi (maduro y por demás civilizado) método para resolver el conflicto? "A ver si esta vez sí", supongo. "Va la buena, va la buena", pero no. A decir verdad, yo lo hubiera hecho igual. Lo hago todo el tiempo (y siempre es no).
Y así habemos quienes nos pasamos la vida extendiendo la mano para recibir algo sucio, feo o masticado (un chicle o un corazón) y jugándonoslo todo en un piedra papel o tijera predestinado a perder...
