Me gustan las historias sobre personas que se alejan. Hombres o mujeres que de pronto dan vuelta a la página, cierran un capítulo de sus vidas y abordan el primer autobús, avión, tren o barco; hacia cualquier parte y por tanto a ninguna.
Yo nunca he llegado muy lejos. No es que me queje, ni que desee alardear de mis fracasos. Simplemente sucede que acostumbro tejer lazos muy difíciles de desatar. Siempre hay una redacción más por entregar, un curso de maravillas o fantasmas qué concluir, una nueva declinación por aprender. Y entonces la salida se aplaza lo indecible.
Hace un año comencé a realizar viajes cortos a una ciudad cercana. Y desde el primer momento descubrí que después de los brazos que me reciben al llegar, amo el camino
Salir a veces muy de mañana, sintiendo que así se ganan minutos al inflexible tiempo. El sol apenas brilla y así no es difícil caminar a buen ritmo. E instantes después, a bordo del autobús, sentir que se avanza rumbo a otro amanecer. Dulce también es partir por la tarde, y dejar que el crepúsculo sea el espectáculo de ida. ¿Y qué decir de los días en que la lluvia acompañó el camino? Hasta hoy no he sido tan feliz como entonces.
Sin embargo, siempre vuelvo, y la historia de la parresía, las charlas sobre revenants se apoderan de nuevo de mi tiempo. Ocupaciones, reales e inventadas, se atan a mis pies, contienen mis pasos, calman mi prisa, y finalmente, me inyectan la creencia de que por ahora, este es mi sitio. Después de todo, no puedo irme sin más, y abandonar lo que cuido aquí con tanto celo.¿n0?
Y aun así, me gustan las historias de personas que se alejan. Hay cosas que me recuerdan que no hay mejor don que un paso ligero para llegar a donde se quiera (o se pueda). Pues algo es cierto, el mundo es un lugar mejor cuando en verdad parece que se mueve.
Yo nunca he llegado muy lejos. No es que me queje, ni que desee alardear de mis fracasos. Simplemente sucede que acostumbro tejer lazos muy difíciles de desatar. Siempre hay una redacción más por entregar, un curso de maravillas o fantasmas qué concluir, una nueva declinación por aprender. Y entonces la salida se aplaza lo indecible.
Hace un año comencé a realizar viajes cortos a una ciudad cercana. Y desde el primer momento descubrí que después de los brazos que me reciben al llegar, amo el camino
Salir a veces muy de mañana, sintiendo que así se ganan minutos al inflexible tiempo. El sol apenas brilla y así no es difícil caminar a buen ritmo. E instantes después, a bordo del autobús, sentir que se avanza rumbo a otro amanecer. Dulce también es partir por la tarde, y dejar que el crepúsculo sea el espectáculo de ida. ¿Y qué decir de los días en que la lluvia acompañó el camino? Hasta hoy no he sido tan feliz como entonces.
Sin embargo, siempre vuelvo, y la historia de la parresía, las charlas sobre revenants se apoderan de nuevo de mi tiempo. Ocupaciones, reales e inventadas, se atan a mis pies, contienen mis pasos, calman mi prisa, y finalmente, me inyectan la creencia de que por ahora, este es mi sitio. Después de todo, no puedo irme sin más, y abandonar lo que cuido aquí con tanto celo.¿n0?
Y aun así, me gustan las historias de personas que se alejan. Hay cosas que me recuerdan que no hay mejor don que un paso ligero para llegar a donde se quiera (o se pueda). Pues algo es cierto, el mundo es un lugar mejor cuando en verdad parece que se mueve.
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