Desde la juventud he tenido intensos conflictos con la pieza más entrañable de la cortesía moderna, el
“¿cómo estás?”
Por juventud me refiero a la edad de cuatro o cinco años y por conflictos me refiero a lo siguiente.
Un vez en el “Jardín de Niños” hubo una ocasión en que me presenté con gripe, dolor de muelas, depresión prematura, mamitis o qué se yo; el caso es que no las tenía todas conmigo.
Aquella mañana, como todas, la profesora *U* estaba en el zaguán para recibir a los pupilos. Tal era su misión más gloriosa, soltar a los niños del lazo materno y conducirlos afablemente por un pasillo tenebroso y hacia un patio con bancas de un naranja cegador.
Era temprano –mi madre siempre me llevaba temprano— y a tal hora del día la profesora no sólo era tan gentil como para servir de guía entre las sombras y la luz, sino que además platicaba con los pequeños. Así que aquella mañana, la profesora U me recibió, me tomó de la mano, y mientras cruzábamos el pasillo inició su charla: “¿Cómo estás?”
– “Mal”, respondí yo con toda naturalidad y desde lo profundo de mi desgracia de cuatro o cinco años.
Lo que siguió debió ser producto de mi fantasía, o culpa de mi delgada complexión y baja estatura. El caso es que de pronto me sentí suspendido en el aire y luego precipitado con cierto descuido a una de las bancas anaranjadas, donde los tempraneros aguardábamos el inicio de las clases.
Como dije, seguro fueron imaginaciones mías. Porque instantes después la profesora U me miraba con su aire de sabia indulgencia y me decía:
“Mira hijo. Eso que respondiste fue muy grosero. Porque cuando la gente pregunta ‘¿cómo estás?’ te hace un favor al preocuparse por ti. Y tu debes devolver el favor respondiendo como se debe: ‘Estoy bien, gracias, ¿y usted?’ Así es como se portan las gentes educadas”.
ohhh
¡Habérmelo dicho antes! Pero si una virtud tengo es la de aprender rápido. Años después hube de ir al médico, porque mis neuronas se abrasaban con raras descargas eléctricas; y cuando él preguntó “¿Cómo estás?”, respondí “Bien, gracias, y usted”. Adulto ya, debí consultar al psicólogo, pues adquirí la extraña costumbre de dibujar escenas catastróficas en los post’its, para luego ingerirlas –leyeron bien, ingerirlas—como somníferos. Y masturbarme cada vez que me daban ataques de ansiedad.
Y cuando llegué a la primera sesión, el recién egresado del taller de terapia breve me preguntó “¿Cómo estás?” y yo dije “Bien, gracias”.
Y cuando llamo a mis amigos a mitad de la noche, anunciando que nuestras vidas son cuentos de aventuras mal escritos, ellos preguntan siempre “¿Todo tranquilo? ¿Cómo estás?” – “Bien, todo bien”, les digo.
¡Alabado sea el adoctrinamiento preescolar! “Estoy bien. ¿Qué tal tú? Gracias, gracias por preguntar”.
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tontean