Entonces, por momentos, se preocupa uno por el destino de una vida que siempre ha querido vivirse en palabras, como palabras. Un self que era palabras, una vida que era palabras, una identidad construida en palabras, la vida como narración de uno mismo. Hablar, escribir, eso era la vida. Hablar con uno mismo, escribírse a uno mismo, hablarse, narrarse, eso era la vida.
(En realidad, hacer el amor era la vida, y todo lo demás era un vil simulacro de la vida)
Pero uno se va quedando solo, y se va quedando en silencio. De pronto se da uno cuenta de que no ha hablado en días, y las palabras son raras, ajenas.
Pero bueno, para llorar no necesita palabras, y extrañarte, saberte tan ahí, tan lejos, no necesita palabras.
Tu ausencia no necesita palabras. La vida, después de todo, la ausencia, la Vida, no necesita palabras
Tu ausencia no necesita palabras. La vida, después de todo, la ausencia, la Vida, no necesita palabras
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tontean