
Se lo prometí a Adri, así que ahí va, te lo dedico :3-
Dicen que lo prohibido es lo deseado, así que puedo decir que mis padres fueron quienes avivaron mi capacidad de deseo, pues en mi casa todo estaba prohibido. Mis hermanos y yo nos limitamos a leer las travesuras que nos hubiera gustado hacer. Como la mayoría de los objetos que poblaban la casa eran intocables o estaban escondidos, nuestra fraternidad se estrechó en vínculos peligrosos: el del secreto, la complicidad y la imaginación.
Nuestro primer gran delito fue la violación del cajón prohibido de mi padre. Encontramos una pistola, y unos extraños arreos. Lo pagamos con una noche de pesadillas, un arma de "deveris" era suficiente para excitar nuestro morbo y, sobre todo, para convencernos de que un desconocido simulaba inocencia, pero seguramente era un ser maligno y capaz de crueldades insospechadas. Enloquecidas mandíbulas y esqueletos de animales revoloteraron en mi mente durante semanas.
Cuando tuve diez años y mi hermano, doce, la curiosidad se empezó a aliar con las hormonas. Por fatal coincidencia o por suerte o destino -que no son iguales, aunque se parezcan- mi hermano y yo presenciamos la compra de una pequeña caja que ocupó nuestras conversaciones durante un tiempo. Era un VHS, El amante. Ni más ni menos.
Podría decir que esa fue mi primera pornografía, a pesar de que nunca vi esa película. Lo fue porque mi hermano y yo dedicamos horas a buscarla, pues mi madre la escondia; una vez hallada, leímos la sinopsis una y otra vez, y la devolvíamos siempre a su escondite, para evitar ser descubiertos. Aunque la breve reseña al reverso de la película no me decía nada y la foto de la portada -el retrato de una chica pálida y circunspecta- era aun menos elocuente, lo auténticamente excitante, erótico y pornográfico, era complementar la visión del secreto a partir de la prohibición. Con mis diez años y mi torrente hormonal pubertal, logré imaginar escenas que no he visto nunca, que no he vivido nunca, que no sé si toleraría si alcanzaran concreción. Las imaginé y me las relaté, después a los compañeros de la primaria. Cuando preguntaban de dónde sacaba yo eso, les explicaba que de una película que tenía mi mamá. Cuando ella iba por mí y por Bella y Adrían, se veía rodeada de risitas incomprensibles y sonrojadas, y yo me sentía culpable a medias, pero satisfecho también.
Después el sexo se volvió gráfico, y luego sonoro, y luego táctil. El sexo se volvió una vivencia o una travesura. El sexo se convirtió en las fotos de los penes de mis compañeritos de secundaria, que competían para ver quién lo tenía más grande. El sexo fue también la primera vez que alguien metió su lengua en mi boca, o cuando sentí en mis manos un calientito miembro ajeno al mio. Fue la sobajeada en mis nalgas en un laboratorio de quimica. El sexo fue un cuarto cerrado, una ventana abierta, un par de cicatrices. El sexo fue la luna y la voracidad. El sexo fue los libros de Sade, las borracheras del cuartel de rotos, un coche afuera de mi trabajo, un cigarro que se fuma y se gime. Fue eso y las películas francesas y las portadas de revistas que uno, al andar por el centro, no puede evitar ver. El sexo fue amor y fue ternura. FuE necesidad y urgencia.
Pero el sexo no ha vuelto a ser, (no ha sido hasta ahora ) la violencia, la ansiedad, la perversión y la extrañeza con la que se proyectaba el contenido de una cajita negra en la imaginación de mis ya lujuriosos diez años.
Que curioso como vemos el mundo cuando somos pequeños y no llegamos a entenderlo eh?
ResponderEliminarBesos.
Qué bonito escrito :)
ResponderEliminarQué genial!
ResponderEliminarMe encantó!